
El día que descubrí que yo era el jefe malo
Emilio fue mi primer jefe de verdad. Con mayúsculas.
De esos que te miran y sabes que te están viendo a ti. No al puesto. No al sueldo. A ti.
Corregía sin humillar. Felicitaba sin que sonara a trámite. Y cuando la liabas, en vez de gritarte, te preguntaba qué habías aprendido. Que es mucho peor. Porque tienes que contestar.
Yo lo miraba como un crío mira a un mago. Tomando nota de todo.
Un día me llamó a su despacho.
"Carlos, te pongo al frente de la consultora."
Así. Sin más.
Salí de allí flotando. Con el pecho hinchado como un palomo en celo. Llamé a mi familia. Me compré una corbata nueva. Azul. Carísima. Horrorosa.
Pensaba que ya estaba. Que después de años viendo a Emilio, dirigir iba a ser coser y cantar. Que se me había pegado por ósmosis.
No se me había pegado nada.
Nada, nada, nada.
Luis se fue un viernes.
Recogió sus cosas en una caja de folios. De esas de cartón con asas que nunca aguantan el peso. Una grapadora, una taza con el escudo del Elche y un cactus medio muerto.
Yo estaba convencido de que se iba por dinero. Ni se me pasó por la cabeza otra cosa. ¿Por qué iba a ser?
Le acompañé a la puerta. Le di la mano. Le deseé suerte. Muy profesional todo. Muy de corbata azul.
Y en el último segundo, con la caja ya cediendo por abajo, me lo soltó:
"Contigo no se puede hablar, Carlos."
Y se fue.
Me quedé en la puerta como un pasmarote. Con la mano todavía un poco levantada. Como un idiota despidiendo a un tren que ya se ha ido.
Contigo no se puede hablar.
Esa noche no dormí.
Repasé cada reunión. Cada correo. Cada vez que había cortado a alguien porque "ya sabía por dónde iba". Cada vez que había dicho "mi puerta está abierta" con la puerta abierta y la cara cerrada. Cada vez que había resoplado. Yo resoplaba. No lo sabía, pero resoplaba.
Y pensé en Emilio.
En la confianza que había puesto en mí. En que yo creía estar haciendo lo mismo que él.
No lo estaba haciendo. Estaba haciendo una imitación barata. Emilio con corbata azul.
Mira.
Lo peor no fue descubrir que lo hacía mal. Eso se arregla.
Lo peor fue descubrir que no tenía ni idea de que lo hacía mal.
Porque a un jefe no se le dice. Se le sonríe. Se le da la razón. Se le ríen los chistes malos. Y un día se le deja una caja de folios en la puerta.
Ahí lo entendí. Tener un buen maestro no te convierte en buen jefe. Querer hacerlo bien tampoco. Leer libros de liderazgo, menos todavía.
Si yo, con Emilio delante cada día, estaba ciego, ¿qué les pasa a los que ascienden un lunes sin nadie a quien mirar? ¿Sin maestro? ¿Sin espejo? ¿Sin nada?
Te lo digo yo. Les pasa lo mismo. Pero tardan más en enterarse.
Y ahora piénsalo tú. ¿Cuándo fue la última vez que alguien de tu equipo te dijo algo que no querías oír? ¿La semana pasada? ¿El año pasado? ¿Nunca?
Si la respuesta es nunca, no es porque lo hagas perfecto.
Es porque contigo no se puede hablar.
A mí me costó un Luis enterarme. Y años de darle vueltas a aquel viernes. Tardé mucho en entender que el problema no era mi carácter ni mis ganas. Era que no tenía forma de verme. Ninguna. Solo me quedaba adivinar.
Hoy no hace falta adivinar.
Hoy se puede preguntar a un equipo lo que nunca te diría a la cara. Y escuchar la respuesta antes de que llegue en una caja de folios.
Ojalá hubiera tenido eso cuando Emilio me dio las llaves de la consultora.
Por eso lo he construido.
Carlos
P. D. Lo que pasó con la corbata azul, con Emilio y con todo lo que vino después lo cuento aquí.
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