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← Los correos de CarlosPor fuera, perfecto. Por dentro, apagado. Carlos López.

El nudo de los domingos

Domingo. Seis de la tarde.

Sofá. Una película que no recuerdo. Una bolsa de patatas fritas a medias. Y el nudo.

Empezaba siempre a la misma hora. Seis en punto. Como si tuviera alarma. Primero en el estómago. Luego subía al pecho. Y ahí se quedaba, instalado, hasta el lunes a las nueve.

Cada domingo. Semana tras semana.

Mira.

No estaba enfermo. No me trataban mal. Cobraba bien. Tenía un buen puesto. Cumplía con todo. Si me hubieras preguntado, te habría dicho que estaba bien.

Y lo habría dicho convencido.

Pero cada domingo a las seis, el cuerpo decía otra cosa.

Tardé meses en ponerle nombre. Y cuando se lo puse, me asusté.

Había dejado de importarme.

Así. Sin drama. Sin portazo. Sin crisis. Simplemente, un día me di cuenta de que hacía mi trabajo igual de bien que siempre y que me daba exactamente igual. Que ya no proponía nada. Que en las reuniones asentía. Que había pasado de pensar "¿cómo lo podemos hacer mejor?" a pensar "¿a qué hora acaba esto?".

Me había ido. Y seguía yendo cada día.

Lo que más me asustó no fue el nudo. Fue lo otro.

Nadie lo sabía.

Nadie, nadie, nadie.

Para aquella empresa yo era un profesional modélico. Puntual. Resolutivo. Ni una queja. Si hubieran hecho una encuesta de clima, habría marcado "satisfecho" en todo. Por no complicarme. Por no dar explicaciones. Por no tener que explicar algo que ni yo entendía.

Por fuera, perfecto.

Por dentro, apagado.

Y ahora hazme un favor. Piensa en tu equipo.

Piensa en ese que nunca da problemas. El que cumple. El que asiente. El que nunca propone nada, pero tampoco se queja. ¿Está bien? ¿Seguro? ¿Cómo lo sabes?

Porque las empresas miden si la gente viene. No miden si la gente está.

Y mientras tanto suben sueldos, organizan cenas de Navidad y compran fruta para la oficina. Fruta. Como si la motivación viniera en cajas de mandarinas.

No viene.

Un domingo de esos, con el nudo ya puesto, me acordé de alguien.

De Emilio. De aquella frase que repetía sin venir a cuento, en una reunión de presupuestos, en la máquina de café, en mitad de un marrón con un cliente.

"Hemos venido a este mundo a ser felices, y a veces se nos olvida."

Cuando trabajaba con él me hacía gracia. Aquel domingo me dejó sin respiración.

Porque a mí se me había olvidado. Y a la empresa se le había olvidado preguntar.

Durante mucho tiempo pensé que eso no había forma de verlo desde fuera. Que lo que le pasa a alguien un domingo a las seis se queda en su sofá.

No es verdad. Se puede preguntar. Se puede entender qué mueve a cada persona y qué la está apagando. Y se puede hacer antes de que el nudo del domingo termine en una carta de despedida.

Ojalá alguien me lo hubiera preguntado a mí.

Por eso lo he construido.

Carlos

P. D. Cómo salí de aquellos domingos, y lo que Emilio tuvo que ver en todo aquello, te lo cuento aquí.

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