
Informes que nadie usa. Y luego pides motivación.
Pedir entusiasmo para un trabajo que nadie utiliza tiene su gracia.
Imagina que entro en una empresa durante una auditoría.
Me enseñan el informe de incidencias que el equipo prepara cada viernes.
Está completo.
Ordenado.
Enviado a su hora.
Pregunto para qué lo hacen.
«Para detectar los problemas que se repiten».
Bien.
Pido que me enseñen el análisis.
No hay.
Los informes se archivan.
Las incidencias se repiten.
El equipo vuelve a escribirlas.
Eso sí: como alguien entregue tarde el siguiente informe, recibe un recordatorio.
Para analizar los #datos no hay tiempo.
Para perseguir a quien los rellena, sí.
Y entonces aparece la propuesta: una charla de #motivación.
A ver si la gente recupera las ganas.
Las ganas de documentar, por quinta vez, lo que nadie se ha sentado a estudiar.
Yo no empezaría por la charla.
Empezaría preguntando qué ocurre después de que alguien hace bien su trabajo.
- Si sirve para decidir algo.
- Si recibe alguna respuesta.
- Si puede señalar que una tarea ha perdido el sentido.
Evaluar la motivación no debería ser ponerle una nota a las ganas de la plantilla.
Debería ayudar a entender qué las sostiene y qué las va gastando.
Quizá haga falta formación.
Quizá reconocimiento.
Quizá dejar de exigir ilusión para alimentar una carpeta.
Pero habría que averiguarlo antes de contratar los aplausos.
Esto es una muestra de Los correos de Carlos.
Un correo a la semana sobre lo que pasa dentro de las #empresas.
Incluidas esas cosas que todo el mundo ve y nadie pone encima de la mesa.
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